Estudio dice que la pandemia desató trastornos alimenticios

Un estudio realizado por investigadores de Estados Unidos confirmó con datos duros lo que es una verdad a voces: el COVID-19 dejará una estela de cientos de miles —o incluso de millones— de personas con trastornos alimenticios ligados al estrés provocado por la pandemia.

Una imagen que ilustra el trastorno alimenticio de la anorexia

La investigación, publicada en el International Journal of Eating Disorders por expertos de la Facultad de Medicina y la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Minnesota, señala la prevalencia de seis conductas alimentarias poco saludables detonadas por la pandemia de COVID-19:

  • Comer sin sentido o entrecomidas.
  • Mayor consumo de alimentos.
  • Disminución generalizada del apetito o la ingesta.
  • Comer para sobrellevar alguna dificultad.
  • Reducción en la ingesta alimentaria asociada a la pandemia.
  • El resurgimiento o aumento de síntomas de trastorno alimenticio.

En general, los datos muestran que 53 por ciento de las personas reportaron comportamientos de control de peso menos saludables, 14 por ciento notificó atracones de comida y 8 por ciento señaló comportamientos extremadamente poco saludables. 

Los resultados, señalaron los expertos, están relacionados significativamente con un mal manejo del estrés, depresión o dificultades financieras asociadas a la pandemia.

Los datos fueron obtenidos de una encuesta realizada a 720 jóvenes de entre 22 y 27 años, entre abril y mayo de 2020, en medio del primer pico de contagios de COVID-19 en varios países. Los investigadores señalaron que la muestra incluyó a personas de diversos orígenes étnicos y raciales, así como de bajos ingresos. La justificación vale porque, según los expertos, estos grupos poblacionales a menudo están marginados de servicios de salud.

“Debido a que nuestros hallazgos sugieren que las dificultades financieras moderadas o severas pueden estar relacionadas con conductas alimentarias desordenadas, es esencial que las intervenciones preventivas y los esfuerzos de tratamiento de los trastornos alimentarios sean asequibles, de fácil acceso y ampliamente difundidos entre las personas con mayor riesgo”, destacó Melissa Simone, una de las autoras del estudio.

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