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Ronald Hunkeler: de niño exorcizado a ingeniero de la NASA

Un niño que en 1949 fue sometido a varios exorcismos en Estados Unidos inspiró la novela El Exorcista, escrita en 1971 por William Peter Blatty. En 1973, esta obra fue adaptada al cine bajo el mismo nombre y se convirtió en una de las películas de terror más emblemáticas de la historia. Por décadas, se pensó que el nombre de ese niño era Roland Doe, sin embargo, ahora se sabe que es Roland Edwin Hunkeler, quien en su vida adulta trabajó como ingeniero en la NASA.

Ilustración de Roland Edwin Hunkeler, el joven que inspiró la novela y película de "El Exorcista"

El legado de Hunkeler para la historia aeroespacial de Estados Unidos es tan trascendente como lo fue para el cine de terror los episodios de posesión demoniaca que vivió durante su infancia. Y es que Hunkeler, que trabajó por más de 40 años en la NASA, patentó la tecnología de paneles espaciales resistentes al calor que permitieron el éxito de las misiones Apolo.

Los detalles sobre la identidad de Roland Hunkeler como Roland Doe fueron revelados por el investigador JD Sword y publicados por la revista estadounidense Skeptical Inquirer.

La verdadera identidad de Roland Doe se hizo pública un año después de la muerte de Ronald Hunkeler, y fue confirmada por su pareja al diario New York Post, quien compartió que pese a tener una vida notable desde un punto de vista científico vivió atribulado el resto de su vida.

El exorcismo de Ronald Hunkeler

Roland Edwin Hunkeler nació en 1935 en Cottage City, Maryland. A los 14 años, Hunkeler comenzó a experimentar actividad paranormal.

Según testimonios consignados por el diario The Washington Post, Hunkeler escuchaba rasguños y golpeteos en las paredes de su recámara.

"El Exorcista" es una de las películas más influyentes de la historia
El Exorcista es una de las películas más influyentes de la historia. Foto: Getty Images.

La madre de Hunkeler temió que las manifestaciones paranormales tuvieran alguna relación con el fallecimiento de una de las tías de su hijo, Tillie. La mujer, identificada como Mathilda Hendricks, era una espiritista que enseñó a Hunkeler a usar la tabla ouija para comunicarse con el mundo de los espíritus, contó JD Sword en su podcast The Devil in the details.

Consternada, su madre buscó ayuda. El proceso fue el mismo que el retratado en la película de El Exorcista: la familia recurrió a psicólogos, psiquiatras y médicos, quienes no encontraron ningún problema en el adolescente Hunkeler. La familia acudió con el pastor de una iglesia luterana, quien aconsejó visitar a un cura.

Un grupo de jesuitas realizó alrededor de 20 exorcismos a Hunkeler durante un plazo de tres meses. William Bowdern, uno de los sacerdotes que presenció las intervenciones, narró parte de lo que vio en el diario Case Study by Jesuit Priests, en el que describió sucesos sobrenaturales, como la aparición de textos escritos a manera de rasguños en la piel de Hunkeler, y que guiaron los pasos a seguir en la cadena de exorcismos.

Para mediados de abril de 1949, Hunkeler fue “dado de alta”. Según Bowdern, el chico dijo que tuvo una visión en la que el arcángel Miguel blandía una espada en llamas.

El exorcismo de Hunkeler llegó a oídos de William Peter Blatty, que en 1949 daba cátedra en la Universidad de Georgetown. El resto es historia.

Una vida atribulada

Tras su exorcismo, Hunkeler vivió una vida normal, que culminó profesionalmente con una carrera en la NASA, donde colaboró en las misiones Apolo.

Su pareja dijo al New York Post que Hunkeler nunca consideró haber sido poseído. Según él, Hunkeler le dijo que solo era un niño portándose mal.

Sin embargo, comentó que a pesar de tener una carrera exitosa en la NASA, Hunkeler vivió constantemente preocupado de que sus colegas descubrieran que era él quien inspiró la historia de El Exorcista.

“En Halloween, siempre salíamos de la casa porque él pensaba que alguien vendría a su residencia y sabría dónde vivía y nunca lo dejaría en paz”, explicó al New York Post su pareja, que pidió no ser identificada. “Tuvo una vida terrible de preocupación, una vida atribulada”.

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