En la madrugada del 10 de abril de 2026, la tranquilidad del barrio Russian Hill, en San Francisco, fue interrumpida por un hecho que sacudió al mundo tecnológico: un joven de 20 años lanzó un cóctel molotov contra el portón de la mansión del CEO de OpenAI, Sam Altman. El autor del ataque fue identificado como Daniel Alejandro Moreno-Gama, oriundo de Texas, quien fue detenido cuando intentaba acercarse a las oficinas de OpenAI.
Según documentación judicial citada por The Associated Press, Moreno-Gama había viajado desde Texas con el propósito explícito de asesinar a Altman. En escritos hallados en su poder, el joven describía los avances de la inteligencia artificial como una amenaza existencial para la humanidad y predecía una «inminente extinción» provocada por el desarrollo de estas tecnologías. Las autoridades señalan que estos textos evidencian una planificación premeditada del ataque.


La propiedad de Altman, valuada en 27 millones de dólares, no sufrió daños mayores gracias a la rápida intervención del equipo de seguridad privada, que logró sofocar el fuego en pocos minutos. No hubo heridos. Moreno-Gama fue arrestado esa misma madrugada, a las 3:40 horas, cuando se acercaba a las instalaciones de OpenAI con intenciones de continuar sus acciones.
Las autoridades califican el atentado como un acto premeditado motivado por la oposición radical a la inteligencia artificial, fenómeno que algunos expertos denominan «doomerismo de IA»: una corriente de pensamiento que sostiene que el desarrollo de sistemas de inteligencia artificial general (AGI) representa un peligro inminente e inevitable para la especie humana.

Sam Altman reaccionó públicamente al incidente con una declaración que, según reportes, comparó el poder de la AGI con el Anillo Único de la saga de Tolkien, abogando por una gobernanza distribuida y responsable del desarrollo tecnológico. OpenAI, por su parte, no emitió un comunicado formal de inmediato, aunque fuentes cercanas a la empresa indicaron que se reforzaron las medidas de seguridad tanto en las instalaciones como en los alrededores de las residencias de sus ejecutivos.
El caso Moreno-Gama pone en evidencia una tensión creciente en la sociedad respecto a los límites y riesgos de la inteligencia artificial. En un momento en que compañías como OpenAI avanzan a pasos agigantados hacia sistemas cada vez más autónomos, el debate sobre su regulación y los efectos psicológicos de una información alarmista cobra una urgencia inédita.