Un nuevo reportaje de The New Yorker y artículos derivados han puesto en entredicho las capacidades técnicas de Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, al recoger testimonios de colegas y excolaboradores que aseguran que “apenas sabe programar” y que confunde conceptos básicos de aprendizaje automático.
De acuerdo con estas fuentes, Altman carecería de experiencia profunda tanto en programación como en machine learning, algo que se manifestaría en reuniones donde mezclaría términos elementales de la disciplina o cometería errores conceptuales al hablar de los modelos que su propia compañía desarrolla. Estas revelaciones contrastan con la imagen pública del ejecutivo como uno de los grandes “gurús” de la IA generativa y figura clave en las conversaciones políticas globales sobre la tecnología.
Los testimonios recogidos describen a Altman menos como un tecnólogo de laboratorio y más como un hábil estratega corporativo, enfocado en la narrativa, la captación de inversión y la gestión de poder dentro de la empresa. Algunos ingenieros citados señalan que su liderazgo se sustenta en su influencia en los consejos de administración y en su capacidad para moldear el discurso en torno a los riesgos y promesas de la IA, más que en un dominio directo del código o de las arquitecturas de modelos.
El reportaje también recupera críticas anteriores que lo pintan como una figura calculadora, capaz de maniobrar agresivamente para mantener el control de OpenAI incluso en momentos de fuerte tensión interna.
Estas acusaciones reabren el debate sobre qué tipo de perfil debería dirigir empresas que concentran tanto poder tecnológico y social. Para algunos, no es imprescindible que un CEO sea un ingeniero de primer nivel si sabe rodearse de talento técnico y gestionar una visión clara del producto; para otros, liderar el desarrollo de sistemas de IA tan influyentes exige una comprensión profunda de sus fundamentos y límites. En cualquier caso, la polémica llega en un momento en que OpenAI y el resto de la industria afrontan presiones regulatorias crecientes, lo que convierte la confianza —o desconfianza— en sus máximos responsables en un factor cada vez más determinante.