COVID-19: qué podemos esperar del experimento británico

El 19 de julio de 2021 quedará en la historia –para bien o para mal– como el día en que Inglaterra puso en marcha una medida inédita desde el surgimiento del COVID-19: el término total de todas las restricciones que rigen desde hace más de un año a nivel global. Denominado como el “Experimento británico” o el “Día de la libertad”, esto es lo que podemos esperar de una de las apuestas más radicales de Boris Johnson, el primer ministro de Reino Unido.

A comienzos de 2020, y contrario a las medidas adoptadas por otros países, Johnson se negaba a confinar a la población para evitar la propagación del COVID-19. Después del golpe de realidad que supusieron los millones de contagios —incluido él— y miles de muertes, terminó por ceder. Casi 14 meses después, el propio Johnson impulsó el término total de las restricciones.

Entre otras, a partir del 19 de julio se terminan las siguientes medidas:

  • Obligatoriedad de usar mascarillas en espacios públicos (aunque son recomendados).
  • Necesidad de mantener un distanciamiento social de un metro.
  • Límite de la cantidad de personas en reuniones sociales, matrimonios o funerales.
  • Restricciones para los aforos de conciertos, teatros o eventos deportivos.
  • Prohibición de funcionamiento de clubes nocturnos.
  • Aislamiento obligatorio de personas que visiten países de la lista ámbar (salvo Francia).
  • Restricciones al funcionamiento de escuelas (desde el 16 de agosto).

¿Qué respuestas podemos esperar del experimento británico?

Personas detrás de rejas usando mascarillas
Pixabay

La medida llega en momentos en que 67 por ciento de la población tiene su esquema de vacunación completo contra el COVID-19, pero también cuando se ha registrado un aumento en el número de contagios y la variante Delta –una de las más contagiosas– es la dominante en el país.

Por lo mismo, más de 1,200 científicos internacionales firmaron una carta en The Lancet en contra de lo que han llamado es una estrategia “imprudente” de reapertura. Aseguran que se trata de un “experimento peligroso y poco ético”. En concreto, estas son algunas de las respuestas que nos podrían dejar las medidas.

¿Las vacunas serán capaces de contener otro brote?

Johnson dijo que las vacunas evitarán que se produzca otro brote grave de hospitalizaciones y muertes, incluso si los contagios aumentan. Sin embargo, los científicos ponen en entredicho estas proyecciones.

Si bien las vacunas han demostrado su efectividad, aún se desconoce cuánto dura su protección. “¿Qué pasaría si dejamos de tomar precauciones para restringir la transmisión después de la vacunación?”, se preguntó Zania Stamataki, profesora titular de inmunología viral de la Universidad de Birmingham.

Stamataki recuerda que las vacunas no evitan los contagios, sino que activan una repuesta que reduce la posibilidad de enfermedad leve o grave. “Un pequeño porcentaje seguirá contagiándose de gravedad, y si aumentamos el número de personas infectadas, también aumentará el número de afectados graves”, precisa.

¿Será suficiente la responsabilidad personal?

Otro de los argumentos de Johnson ha sido que ya es tiempo de que el Gobierno deje de decirle a la ciudadanía cómo debe comportarse para dar paso a un periodo donde prime la responsabilidad personal. Por ejemplo, si bien la mascarilla no es obligatoria, aún se recomienda su uso.

Los científicos han reconocido que los confinamientos y las cuarentenas han sido efectivos para contener la propagación, pero también han tenido un impacto negativo en la salud física y mental. El punto, a juicio de Dominic Wilkinson, profesor de ética de la Universidad de Oxford, es el equilibrio y la proporcionalidad.

“Las medidas se están flexibilizando ahora, pero es posible que deban reintroducirse. Algunas medidas como el uso de mascarillas en el transporte público o en espacios interiores representan una mínima incursión en la libertad personal y deberían continuar”, advierte.

¿Qué pasará con la población vulnerable?

Un punto importante es qué pasará con la población vulnerable ante el término de las restricciones. El grupo que no se puede vacunar, como los inmunodeprimidos o los adultos mayores,  enfrenta los mayores riesgos de enfrentar de gravedad.

Según Andrew Divers, para esta población representará un aumento del miedo y una reducción “casi total en las decisiones que pueden tomar”, ya que otros las han decidido previamente, al no usar mascarillas o no mantener el distanciamiento social.

“El distanciamiento social y el uso de máscaras tienen que ver tanto (y posiblemente más) con la protección de los demás como con la garantía de nuestra propia seguridad. Por lo tanto, existe un conflicto directo entre nuestra elección de permanecer cautelosos, mantener la distancia y seguir usando una máscara, y la elección de no hacer ninguna de estas cosas”, apuntó.

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