Estudio busca nexo entre el cáncer y los tintes capilares

Un nuevo estudio revive la polémica entre la relación del uso regular de tintes para el cabello y el alto riesgo de cáncer, sobre todo cáncer de mama y cáncer de ovario.

Durante 36 años, el estudio siguió a 117,200 mujeres de Estados Unidos. Eva Schernhammer, del Departamento de Epidemiología de la Universidad Médica de Viena y la líder de la investigación, indicó que la coloración permanente del cabello no se vinculó con un mayor riesgo de padecer la mayor parte de los tipos de cáncer o la mortalidad relacionada con este.

Persona con el cabello teñido en azul
Photo by Luis Quintero on Unsplash

En contrate, sí encontró una asociación positiva para el riesgo de carcinoma de células basales de la piel, tres tipos de cáncer de mama (receptor de estrógeno negativo, receptor de progesterona negativo y receptor hormonal negativo) y cáncer de ovario.

El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC), parte de la Organización Mundial de la Salud, ha clasificado la exposición ocupacional a tintes para el cabello como un probable carcinógeno humano, en tanto que el uso personal de tintes para el cabello no pudo clasificarse.

La investigación también encontró evidencia de heterogeneidad —en las mujeres que usan tintes permanentes— debido al color natural del cabello: un mayor riesgo de linfoma de Hodgkin en aquellas con cabello naturalmente oscuro y un mayor riesgo de carcinoma de células basales en mujeres con cabello naturalmente claro.

De cualquier manera, los autores dijeron que sus hallazgos debería “ofrecer cierta tranquilidad frente a las preocupaciones de que el uso personal de tintes permanentes para el cabello podría estar asociado con un mayor riesgo de cáncer o mortalidad”.

Algunos datos refieren que los tintes más agresivos son los del tipo permanente, y estos representan alrededor del 80 por ciento de los tintes utilizados en Europa y Estados Unidos.

Los hallazgos de la reciente investigación están limitados a mujeres blancas de Estados Unidos. El estudio se publicó en BMJ.

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