El voto latino que nunca llegó

Pues sucedió lo peor y lo que nadie realmente se esperaba. Ganó Donald Trump, y aunque no ganó el voto popular, no perdió contundentemente como las encuestas profetizaron. El mundo entero se pregunta exactamente cómo fue posible que ganara alguien cuya trayectoria indica que no tiene el temperamento, la experiencia ni la capacidad para gobernar.

No entraremos aquí en materia de estadística electoral, pero cabe mencionar que los demócratas pusieron demasiada fé en un “voto latino” que no es tan homogéneo como parece. A pesar de que Hillary recibió el 65% de este voto, el hecho de que un 29% de los latinos votaran por Trump indica lo que los latinos que vivimos aquí sabemos: que no somos un bloque monolítico de votantes.

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Hay muchos latinos conservadores y republicanos que votaron por Trump. No todos los latinos son mexicanos, el grupo al que Trump ofendió directamente, y ni siquiera todos los mexicano-americanos son demócratas. Si es verdad que hubo un aumento considerable de votantes latinos tempranos en Nevada y en Florida, también es verdad que muchos votantes latinos que podían haber marcado una diferencia más dramática en estados como Texas y Arizona no lo hicieron.

Quizás jamas sabremos por qué, pero al ver las predicciones que favorecían a Hillary y leer las noticias sobre lo que los medios llamaron el “firewall” latino unos días antes del 8 de noviembre, yo temí que tuvieran el efecto de hacer que muchos se quedaran en su casa, confiando que Hillary ganaría facilmente. La realidad es que, aunque la comunidad latina cada vez se organiza más para promover el voto, es claro que queda mucho por hacer para inculcar a los latinos que el voto es un derecho y una costumbre cívica fundamental.

¿Cuál es el atractivo de Trump? Al parecer, la mitad de este país prefiere vivir en un “reality show” que en la realidad. La gente pasa demasiado tiempo viendo la tele, y por lo tanto no les extraña aceptar como presidente a una celebridad manufacturada por la televisión. No parecen saber, ni les importa la diferencia entre un personaje que los entretiene con sus idiosincracias en el programa The Apprentice, y el oficio real del ejecutivo en jefe. Además, sienten que conocen mejor y se identifican más con Trump, por las horas que han pasado viéndolo en su casa, que con cualquier político. Los “reality shows” son partícularmente insidiosos porque crean escenarios que parecen reales pero que son completamente fabricados y manipulados.

Son un híbrido engañoso que hace que lo artificial parezca real. No es casualidad que la victoria de Trump haga que la realidad parezca un show: es una conclusión absurda, resultado de la auténtica frustración de muchos norteamericanos pero también de su adicción al espectáculo. Los medios de comunicación son en gran parte responsables de estos resultados, ya que dieron muchísimo más espacio al candidato que atrae “ratings” con sus barbaridades que a otros candidatos como Bernie Sanders y la misma Hillary. No cabe duda de que Donald Trump utilizó a los medios de comunicación magistralmente, acaparando toda su atención sin pagar un centavo.

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Al día siguiente de las elecciones me pasó algo curioso. Después de trasnochar viendo los resultados en televisión y consultando los medios sociales, en el metro ví a un señor leyendo el New York Times, donde el encabezado en primera plana proclamaba “Triunfa Trump”. Ver la noticia plasmada físicamente en papel me dió una sensación de finalidad; de que esta es una realidad concreta e indiscutible y no una pesadilla virtual de la que nos podemos desconectar con solo continuar navegando en la red o cambiando de canal.

El internet y las comunicaciones virtuales han creado una realidad alternativa en la que tenemos la posibilidad de informarnos como nunca antes en la historia, pero a la vez esta infinidad de voces y versiones distintas, cada una con su verdad, se cancelan mutuamente. La realidad se distorsiona: medios con autoridad y legitimidad como el New York Times se confunden y se equivalen con medios ilegítimos o de dudosa procedencia, porque mucha gente no hace la distinción al leer lo que comparten sus amigos en Facebook.

Por un lado, tenemos toda la información en nuestras manos, y por otro, los medios sociales están diseñados para que cada quién viva virtualmente en una burbuja ideológica, cultural y social. En ocasiones he hecho click en un hashtag en Twitter que no pertenece a mi burbuja liberal de la Costa Este, es como si resbalara por un abismo como Alicia en el país de las maravillas y llegara a un planeta completamente opuesto al mío donde todos parecen delirar. Me imagino que lo mismo le pasa al seguidor de Trump que está del otro lado del espejo. No conectamos, no nos entendemos, y de hecho nos menospreciamos e insultamos mutuamente.

Por otra parte, una de las mayores sorpresas fue el fracaso estrepitoso de todas las encuestas y estadísticas que pronosticaron una victoria aplastante para Clinton, y que a pesar de contar con la informática más avanzada, no fueron capaces de interpretar o siquiera de recabar la información correctamente. No se puede confiar en los algoritmos sin un criterio humano inteligente que sepa cómo interpretar y analizar los datos. Quizás hubiera bastado con asomarse y escuchar a las comunidades donde la gente está sufriendo económicamente para entender mejor esa perspectiva.

El mundo ha cambiado desde la invención del internet. Considerando las consecuencias de nuestra enajenación actual (Brexit, Trump, la demagogia y el populismo a nivel mundial) cada uno de nosotros tiene la responsablidad de entender cómo funcionan estos estos medios tan poderosos y de utilizarlos responsablemente. Sería una paradoja trágica que un instrumento de democratización y progreso se convierta en el arma de la tiranía.

Yehudit Mam es la cofundadora de DADA, una red social de colaboración creativa, y escribe en sus blogs The Grande EnchiladaI’ve Had It With Hollywood

Sus articulos han aparecido en Fusion, Out.com, Reforma y otros. 

@grandenchilada

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