Hay un término en inglés que cada vez más personas repiten con frustración: enshittification, o «mierdificación» en algunas traducciones. El concepto, acuñado por el activista y escritor tecnológico Cory Doctorow, describe el proceso mediante el cual plataformas y aplicaciones digitales comienzan siendo útiles y atractivas, pero se degradan progresivamente para maximizar ganancias corporativas a expensas de la experiencia del usuario. Noruega decidió que ya es suficiente.
El Consejo de Consumidores de Noruega lanzó a finales de febrero de 2026 lo que se considera la primera campaña internacional de su tipo contra esta práctica, convocando a una coalición de más de 70 organizaciones y grupos civiles de Europa y Estados Unidos, incluyendo sindicatos y organizaciones de derechos humanos. La iniciativa exige a los gobiernos de 14 países que adopten medidas concretas para revertir este fenómeno, argumentando que el deterioro de los servicios digitales no es una consecuencia inevitable del mercado, sino el resultado de decisiones políticas y regulatorias que pueden y deben corregirse.

Los ejemplos de enshittification son cotidianos y reconocibles: redes sociales saturadas de publicidad, actualizaciones de software que ralentizan dispositivos más antiguos, atención al cliente reemplazada por chatbots ineficaces y funciones que antes eran gratuitas convertidas en suscripciones de pago. «Otro internet es posible», declaró la representante del Consejo noruego, subrayando que la situación actual es «inaceptable para todos».
«Queríamos mostrar que no aceptarías esto en el mundo analógico», dijo Finn Lützow-Holm Myrstad, director de política digital del ayuntamiento. «Pero esto ocurre cada día en nuestros productos y servicios digitales, y realmente creemos que no tiene por qué ser así.»
La campaña está respaldada por un informe de 80 páginas que documenta cómo la enshittification se ha convertido en norma en la industria tecnológica. Entre las demandas concretas figuran el derecho de los consumidores a modificar, reparar y cambiar de plataforma sin obstáculos artificiales, el fortalecimiento de la aplicación de regulaciones ya existentes y el fomento de la competencia real en los mercados digitales, incluso mediante políticas de compras públicas que favorezcan alternativas a las grandes tecnológicas.
Noruega ya tiene antecedentes en este frente: en 2018, el mismo Consejo fue pionero en denunciar que empresas tecnológicas manipulaban a sus usuarios para que entregaran datos de manera engañosa. Ahora, con el apoyo de decenas de organizaciones en ambos lados del Atlántico y una carta enviada directamente a las instituciones de la Unión Europea, el país nórdico apuesta a que la presión colectiva pueda torcer el rumbo de una industria que, según sus críticos, ha traicionado la promesa original de un internet abierto y al servicio de las personas.