Por qué no me gustan Los Simpsons y su estrella Homero

No me gustan Los Simpsons. Tampoco los odio, que quede claro. Simplemente la sátira realizada por sus personajes en los, a ver, ¿cuántos capítulos son? ¡689 y contando! Con razón las últimas temporadas son tan malas.

Nada puede ser interesante por tanto tiempo, me repito como un canon dentro de mi cabeza que aplico a otras cosas que sí me gustan, pero que hace mucho dejaron de ser sagradas para mí, como Star Wars, pero esa es otra discusión.

En fin, decía que Los Simpsons no me gustan porque su sátira nomás no me pasa. Y no me pasa por lo que ubico de los personajes que más “conozco”: Homero y Lisa.

Homero tamaño familiar | Los mejores episodios de Los Simpson

Primero, Homero es un idiota —vaya conclusión, Allan—. Y es un idiota que siempre sale triunfante en situaciones inverosímiles (ok, es una serie animada), pero, según mi memoria, a costa de otros que personajes que quién sabe, tal vez sean idiotas, pero se esmeran. Por ejemplo, el capítulo en el que Homero llega a la obesidad mórbida solo para poder trabajar desde casa.

Obviamente es una estupidez fastidiarse la salud de tal manera (ok, es una serie animada) solo para conseguir un objetivo que hoy vivimos varios debido a la COVID-19, situación que tiene ventajas, pero también desventajas. Pero Homero trabaja en una planta nuclear —vi Chernobyl, gran serie— y creo que en el departamento de seguridad.

Qué más da: trabaja en una planta nuclear a unos cuantos kilómetros de su ciudad, donde vive su familia y, supongo, las cosas que ama como la taberna de Moe.

Nada, Homero no tiene ningún sentido de responsabilidad y justamente por eso, cuando lo mandan a trabajar a casa, le piden una tarea simplísima pero crucial. ¡Y lo arruina! Y para arreglarlo, le roba su carrito de helados a alguien que se esmera por trabajar, en condiciones más «adversas» que sentarse en una oficina o peor aún, quedarse en casa a presionar un botón.

Total, Homero salva el día fastidiándole el suyo a un vendedor de helados.

Luego está Lisa, una niña de vocación científica a la que nadie le hace caso. Entiendo, Los Simpson son una serie satírica, pero con el calentamiento global encima y los avisos constantes y quizá desesperados de la ciencia de que si no hacemos algo será demasiado tarde, mofarse de una Greta Thunberg amarilla no me va.

Sí, entiendo que Los Simpson empezaron en 1989, antes de que la corrección política, social, racial y anexas fueran algo con la capacidad de acabar carreras. Es solo que, por convicciones propias, ignorar a Lisa no me parece gracioso. Encima, generalmente quien le pone el pie es su propio padre.

No tiene mucho, a propósito de mi primer mes de Disney+, que intenté ver la película de Los Simpsons y resulta que la trama inicia cuando Lisa alerta a la alcaldía de que el agua de la ciudad está en riesgo a causa de la basura. Todo Springfield escucha y acata, salvo, claro, Homero.

Ahora, leyéndome me siento igual de pusilánime que Disney diciendo que no va a incluir las 31 temporadas de Los Simpson por argumentos similares a los míos. Básicamente, corrección política.

En mi defensa diré, primero, lo obvio: es mi opinión, mis gustos. Y segundo, sí disfruto el humor ácido. Me encanta Rick & Morty, que es políticamente más incorrecto que Los Simpsons, solo que ahí el protagonista es un patán que no pretende disfrazar su gandulería y que sí resuelve sus problemas por sí mismo.

Pues, que lo que no me pasa de Los Simpsons es más la forma que el fondo.

Ya para terminar, diré que reconozco el impacto cultural de la serie. Sé que hay simposios en universidades donde se discute su contenido y eso me parece fantástico: que la academia acepte la cultura popular en su olimpo, no que se discutan Los Simpsons.

También hay aspectos de la serie que encuentro graciosas, pero de nuevo, más por convicción o quizá, empatía. Siempre he querido decorar el baño de mi casa con afiches deportivos que he coleccionado y eso es algo que hace Moe en el capítulo donde Homero es algo así como el mexicano campeón peso pesado de box. O Barney, quien resulta ser un genio incapacitado por su alcoholismo.

Pero por favor, ya basta. Son 31 temporadas y las últimas son terribles. Nunca dije que Los Simpson fuera una serie mala. He visto varios capítulos, y sin ser un crítico, me parece evidente que están bien construidos. Pero los últimos no van a ningún lado. Nada ni nadie es interesante por tanto tiempo, y 31 años son demasiado.

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