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¿Deberíamos preocuparnos de la falla de San Andrés?

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La falla de San Andrés ha vuelto a llamar la atención de los geólogos en los últimos años, ya que su sección central puede tener la capacidad de albergar terremotos más grandes de lo que se creía, informa Live Science.

Entre las ciudades de Parkfield y Hollister, en California, la famosa falla sufre algo llamado fluencia sísmica: en lugar de acumular tensión y luego deslizarse con un estremecimiento, este sector central se mueve sin ser percibido, por lo que libera tensión sin causar grandes terremotos.

Un mapa de la falla de San Andrés, en California.
Imagen utilizada con permiso del titular de los derechos de autor

Sin embargo, los investigadores descubrieron que esta parte de la falla puede haber experimentado terremotos de magnitud 7 y superiores años atrás. Eso es más grande que el temblor de Loma Prieta de magnitud 6.9, el cual mató a 63 personas en el Área de la Bahía de San Francisco en 1989.

De acuerdo con Genevieve Coffey, geóloga de terremotos de GNS Science en Nueva Zelanda, no se conoce exactamente hace cuánto tiempo ocurrieron los grandes terremotos en la falla, pero fue dentro de los últimos tres millones de años.

La falla de San Andrés

La falla de San Andrés tiene tres secciones. La región sur se extiende desde el lago Saltón (cerca de Brawley) hasta Parkfield, California, y tiene capacidad de generar grandes terremotos. En 1857, por ejemplo, el sismo de Fort Tejon, de magnitud 7.9, movió el suelo unos 9 metros en la falla.

La sección norte se extiende desde la ciudad de Hollister, pasando por el Área de la Bahía, hasta el cabo Mendocino (antes de Eureka), California. Esta zona es más famosa por el gran terremoto de San Francisco de 1906, que tuvo una magnitud estimada de 7.9.

Y entre Parkfield y Hollister está la sección central de la falla, que no ha generado ningún terremoto registrado mayor a una magnitud de 6. Los geocientíficos han cavado en esta para buscar señales en la forma de las capas de sedimentos, producto de los temblores de hace mucho tiempo, pero no han encontrado grandes terremotos en los últimos 2,000 años.

Imagen utilizada con permiso del titular de los derechos de autor

Sin embargo, incluso si el centro de San Andrés no genera suficiente estrés para iniciar un gran terremoto, podría actuar como un conducto para los que se originan en la sección norte o sur de la falla, según Coffey. “La región central debe ser considerada como una fuente potencial de riesgo de terremoto”, afirmó.

La actividad de la falla en el pasado

La geóloga y sus colegas quisieron retroceder más de 2,000 años para analizar la actividad en el sector, y para ello aprovecharon que, cuando una falla se desliza, genera fricción, lo que a su vez produce calor. “Es como frotarse las manos”, dijo Coffey.

Este calor puede aumentar la temperatura de las rocas en la falla en más de 1,000 grados Celsius, y esos cambios de temperatura pueden modificar la estructura de las moléculas orgánicas que se acumulan dentro de los sedimentos.

Con eso en mente, los investigadores analizaron un núcleo de sedimentos del centro de la falla de San Andrés, el cual se perforó como parte del proyecto San Andreas Fault Observatory at Depth (SAFOD). En lo profundo del núcleo, a unos 3,196 metros de profundidad, los investigadores encontraron un lugar donde los biomarcadores mostraban signos de calentamiento.

“Ese parche de la falla también consistía en estas limolitas muy deformadas, lutitas [una roca sedimentaria clástica de grano muy fino]”, dijo Coffey. La geóloga explicó que este sector tenía muchas de esas pequeñas capas deslizantes, por lo que había muchas superficies escamosas y brillantes. “Eso es lo que consideraríamos como rocas que han albergado muchos terremotos”, afirmó.

De acuerdo con las observaciones obtenidas por Coffey y sus colegas, que fueron plasmadas en la revista Geology a finales de febrero, la zona de la falla investigada puede haber albergado más de 100 sismos.

Imagen utilizada con permiso del titular de los derechos de autor

Posteriormente, los investigadores analizaron la sección de roca deformada por el terremoto con un método llamado datación de potasio-argón. Este aprovecha el hecho de que una variación radiactiva natural del potasio, el potasio-40, se descompone lentamente en gas argón. Cuando sucede algo que calienta la roca, este gas se libera, lo que reinicia el “reloj de potasio-argón” a cero.

Al observar la acumulación de argón, los investigadores pudieron determinar cuánto tiempo había pasado desde que se calentaron las rocas: sus resultados sugirieron que el calentamiento ocurrió, como mínimo, hace tres millones de años. Sin embargo, los sismos podrían haber sido mucho más recientes, según Coffey.

“El trabajo que hicimos fue la primera evidencia geológica directa de terremotos” en esta región de San Andrés, dijo la geóloga. Por otro lado, parte del trabajo en curso realizado por los colaboradores de Coffey consiste en mejorar el método de potasio-argón para la datación de terremotos y así reducir el lapso averiguado.

De cualquier manera, la magnitud del calentamiento indica que el centro de San Andrés puede sufrir muchos temblores; de hecho, es probable que los sismos registrados en esta sección de la falla oscilen entre las magnitudes 6 y 7, señaló la geóloga. Los movimientos telúricos probablemente comenzaron en la parte sur de la falla y se aceleraron a lo largo de esta, como una cremallera que se abre.

Saber que la falla de San Andrés tiene esta capacidad sísmica es importante, ya que permite comprender el riesgo de terremotos en el centro de California, tanto para geólogos como Coffey y compañía, como para la población de esa región.

Karina Tapia
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