Tom Blomfield, cofundador del banco digital Monzo, generó controversia al afirmar que el impuesto a la renta podría “desaparecer” en un plazo de cinco años a medida que la inteligencia artificial transforme el mercado laboral. Sus comentarios, recogidos por LBC y debatidos en foros en línea, se inscriben en un clima de preocupación creciente por el impacto de la automatización en los empleos de cuello blanco y los servicios.
Blomfield sostiene que los avances en IA generativa y sistemas automatizados permitirán a las empresas reducir drásticamente sus plantillas, con lo que una fracción mucho menor de la población seguirá percibiendo ingresos altos sujetos a tributación tradicional. En ese escenario, argumenta, la base sobre la que se sustenta el impuesto a la renta se estrecharía tanto que los gobiernos se verían forzados a replantear por completo su sistema fiscal. Entre las alternativas debatidas desde hace años por economistas y tecnólogos se incluyen impuestos a la automatización, gravámenes sobre beneficios extraordinarios de grandes corporaciones y esquemas de renta básica financiados de otro modo.
«No creo que tengamos que colocar impuestos al trabajo humano, gravaremos el cálculo, [es decir, sistemas como] los centros de datos, y luego usaremos los ingresos para pagar al gobierno», dijo el fundador de Monzo en el podcast The Rest is Money.
Las declaraciones del ejecutivo han sido recibidas con escepticismo por parte de algunos analistas, que señalan que la erosión de los ingresos laborales también puede venir de la deslocalización hacia países con salarios más bajos, y no solo de la IA. Otros advierten que declarar “muerto” al impuesto a la renta en un horizonte de cinco años es, como mínimo, un pronóstico extremo, dado que los sistemas tributarios suelen cambiar lentamente y están anclados en equilibrios políticos complejos.
Más allá de la hipérbole, el debate refleja la urgencia con que gobiernos y reguladores deberán actualizar sus marcos fiscales y de protección social para una economía donde el valor se genera cada vez más mediante capital tecnológico. Voces críticas insisten en que, sin reformas profundas, el riesgo es que la brecha entre quienes controlan las infraestructuras de IA y el resto de la población se amplíe todavía más. La discusión sobre cómo gravar esa nueva riqueza —y quién debe beneficiarse de ella— apenas comienza.