Reseña de la primera temporada de The Mandalorian: me saco el casco

This is the way: El cazarrecompensas y Baby Yoda son la nueva pareja explosiva

Como muchos fanáticos de Star Wars, uno de los grandes acontecimientos que esperé en 2019 fue el cierre de la historia canónica de nueve películas con The Rise of Skywalker. Para eso me preparé y, como tantos otros seguidores de la saga galáctica, reviví las ocho cintas anteriores para repasar el maravilloso universo creado por George Lucas.

Pero claro, después de la trilogía original, una generación como la mía —que está por sobre los 35 años— ya no esperaba con tanto entusiasmo los vericuetos que la trama quisiera anudar sobre la familia que formó Anakin. Fue el argumento central quizás para tampoco emocionarme previamente con el anuncio de la primera serie para el streaming de la franquicia: The Mandalorian.

Y es que Disney Plus anunciaba que en la huella de los cazarrecompensas buscaría dar el vamos a su plataforma y conseguir las primeras suscripciones de su corta vida.

Mientras eso ya era parte del plan, en mi cabeza desfilaban los Jar Jar Binks, el líder Supremo Snoke y la poca mística de una nueva Resistencia Rebelde para imaginar que quizás debía estar preparado para la desazón nuevamente. Sin embargo, una parte de mi atribulada expectativa echaba al ring de pelea a personajes como Ahsoka Tano, Kylo Renn y la magnífica película que fue Rogue One, para encender una última esperanza.

Fue así como el 12 de noviembre de 2019 comenzó todo.

Cómo el lado B de Star Wars y Baby Yoda me volaron la cabeza

Unos años después de The Return of The Jedi, encontramos la historia que conecta a los personajes interpretados por Pedro Pascal, Gina Carano, Nick Nolte, Giancarlo Esposito, Emily Swallow, Carl Weathers, Omid Abtahi y Werner Herzog.

Sin embargo, a pesar de la referencia espacial con la trilogía original y la saga canónica, The Mandalorian se ubica en las antípodas, sin sables lásers, sin conocer lo que es un jedi o un sith y con soldados imperiales que parecen ser una reminiscencia lejana a un pasado de dominación galáctica. Lo que reina más bien y se respira en la serie es la anarquía, la soledad, el sálvese quien pueda a punta de disparos de blásters.

Y en ocho capítulos el guion transcurre entre un rescate, un secuestro, mundos y criaturas nuevas, algunos viejos conocidos, como los jawas que asoman la capucha, y harta deslealtad con olor a cantina de Mos Eisley.

Es allí donde la figura principal de Pedro Pascal como el cazarrecompensas mandaloriano triunfa en sus silencios, y en esa mirada polarizada a través del casco, y donde las peleas y los diálogos exudan tonos gangsteriles y torpes, poniendo a la franquicia creada por George Lucas en una bella suciedad.

Pero por supuesto, no podíamos olvidarnos de Baby Yoda, quizás la gran vedette de todo el show, ese personaje que revive al mítico maestro jedi y que en la ficción es un bicho raro, nadie sabe qué es y todos parecen no entender su importancia. Sólo al final de los ocho primeros capítulos y sin spoilear demasiado, vemos porque todos han posado sus ojos en este verde amigo como el principal botín del Borde Exterior.

El personaje de Kuiil que revive al viejo Nick Nolte es otro gran descubrimiento, mientras que Cara Dune (una sobreviviente rebelde del ataque a Alderaan) brilla con luz propia y Gref Karga, a cargo de Carl Weathers, nos hace recordar que Apolo Creed aún puede dar unos puñetes más.

Por supuesto, es un lujo ver a Werner Herzog como un viejo imperial, y sobre el final es Giancarlo Esposito quien se lleva todos los aplausos como el siniestro Moff Gideon, un personaje que seguramente cobrará fuerza e importancia en la segunda temporada (su final en el capítulo ocho es épico).

Jon Favreu, el director de la serie, ya confirmó que volverá en el otoño boreal de 2020 y por el guardia gamorreano que vimos en su tweet, es posible que de alguna manera el (¿muerto?) Jabba y su séquito de maleantes puedan salir a escena de nuevo.

The Mandalorian es un Star Wars medio tarantinesco, con este lado B de cloaca, pero de la buena. Una alcantarilla maloliente que recuerda que el universo no es estrellas solamente, más bien es inframundo y suciedad. En eso, el disparo del cazarrecompensas da en el blanco perfectamente.

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