Una nueva encuesta de Gallup reveló un hallazgo que pocos habrían predicho hace apenas una década: el 71% de los estadounidenses se opone a que se construya un centro de datos cerca de donde viven, una cifra significativamente mayor al 53% que rechazaría la construcción de una central nuclear en su entorno. Lo que durante años fue sinónimo de tecnología limpia e inofensiva ha perdido terreno frente a la industria energética más controvertida de la historia moderna.
Las razones detrás de esta percepción son principalmente ambientales. Una encuesta de seguimiento realizada en abril de 2026 identificó que la mayor parte de la oposición a los centros de datos proviene de preocupaciones vinculadas al consumo de recursos naturales, como el agua y la energía eléctrica, así como al impacto sobre el medioambiente local. A diferencia de lo que ocurre con las plantas nucleares, cuya reputación se ha rehabilitado en parte gracias al discurso de la transición energética limpia, los centros de datos cargaron en los últimos años con la imagen de ser grandes consumidores de electricidad y agua para refrigeración.
El auge de la inteligencia artificial ha sido un factor determinante en este cambio de percepción. La demanda de infraestructura computacional para entrenar y ejecutar modelos de IA ha disparado la construcción de nuevos centros de datos en todo el territorio estadounidense, muchos de ellos instalados en zonas residenciales o periurbanas que antes no contemplaban este tipo de desarrollo. Comunidades en distintos estados han reportado preocupaciones por el ruido de los sistemas de enfriamiento, el aumento en las tarifas eléctricas y la presión sobre el suministro de agua local.
La mitad de los opositores menciona el uso excesivo de recursos por parte de los centros de datos, incluyendo un 18% que menciona su uso de agua y energía. El dieciséis por ciento menciona una preocupación ambiental relacionada como la contaminación, incluyendo la contaminación acústica y la contaminación del aire y del agua.
Aproximadamente uno de cada cinco opositores está preocupado por el impacto en la calidad de vida local, incluyendo el aumento de la población, el aumento del tráfico y la preferencia de que la tierra se utilice para otros fines. Una proporción similar menciona posibles consecuencias económicas negativas, incluyendo facturas de servicios más altas, incrementos del coste de la vida y el coste de construir los centros de datos (que podría implicar el uso de fondos públicos).
Este fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos. En Europa y América Latina también se han registrado resistencias ciudadanas frente a la expansión de la infraestructura tecnológica, aunque los debates suelen tener matices distintos según el contexto energético de cada país.
Lo llamativo del sondeo de Gallup es que pone en evidencia una paradoja de la era digital: la misma tecnología que los ciudadanos usan y valoran en sus vidas cotidianas —desde los servicios de streaming hasta los asistentes de inteligencia artificial— requiere de una infraestructura física masiva que, cuando se acerca demasiado a sus hogares, genera rechazo. El desafío para la industria tecnológica será encontrar fórmulas para expandir su capacidad sin alienar a las comunidades que, en última instancia, también son sus usuarios.