OpenAI decidió dar marcha atrás con uno de sus proyectos más controvertidos: el lanzamiento de un chatbot orientado explícitamente a contenidos para adultos, que incluía un “modo adulto” para el acceso a material erótico y conversaciones de tono sexual. La iniciativa, pensada para usuarios verificados, había generado fuerte resistencia interna y encendió un debate sobre los límites de los modelos generativos en ámbitos íntimos.
Según reportes recientes, la compañía ya había pospuesto en febrero la llegada de este modo en lugar de cancelarlo inmediatamente, argumentando que quería “tratar a los adultos como adultos” y que el producto podía existir con salvaguardas adecuadas. Sin embargo, las críticas de empleados y especialistas en ética de la IA se centraban en riesgos psicológicos, posibilidades de dependencia emocional con sistemas no humanos y eventuales problemas legales en distintos mercados.
En paralelo, OpenAI enfrenta un escenario regulatorio más hostil y una competencia cada vez más intensa en asistentes generalistas. En este contexto, la compañía optó por priorizar mejoras de uso amplio, como la calidad de las respuestas, la multimodalidad o nuevas herramientas de productividad, antes que una vertical polémica que podía lastimar su imagen pública. La decisión también envía una señal sobre el tipo de productos que la empresa quiere asociar a la marca ChatGPT en el futuro cercano.
La cancelación del chatbot adulto no significa que desaparezcan las discusiones sobre sexualidad y IA. Otros actores del ecosistema han explorado aplicaciones similares, desde “compañeros virtuales” románticos hasta plataformas de roleplay explícito, con resultados mixtos y frecuentes controversias sobre consentimiento, cosificación y representación. En la práctica, los modelos de lenguaje siguen siendo técnicamente capaces de generar contenido erótico, pero muchas compañías, OpenAI incluida, lo bloquean mediante políticas y filtros de seguridad.
Al cerrar esta puerta, OpenAI intenta reforzar su narrativa de responsabilidad y enfoque “mainstream”, mientras gobiernos y reguladores intensifican el escrutinio sobre cómo estas tecnologías afectan la salud mental y las relaciones sociales. El debate sobre qué tipo de experiencias íntimas deberían mediar los algoritmos, sin embargo, está lejos de concluir.