Mi primera impresión cuando vi el tráiler de Pokémon Pokopia es que se trataba de un videojuego del estilo de Minecraft. De no ser por la curiosidad innata de mi hija, no le habría puesto más atención. Cuando lo jugamos por la noche al día siguiente de su lanzamiento, comencé a entender que no era un Minecraft de Pokémon, sino una especie de juego donde usas los ataques de los pokémon para sembrar vida.
Una utopía pokémon
Pokémon Pokopia es, creo, la propuesta mejor estructurada y quizá la más llamativa de la serie en la última década (Pokopia se estrena en el marco del 30 aniversario de Pokémon). Si juegos como Pokémon Legends ZA han tropezado, ya sea por falta de presupuesto, tiempo de desarollo o simplemente por omisión, al tratar de variar extiosamente la fórmula original de capturarlos y entrenarlos de los RPG canónicos, acá Game Freak y Koei Tecmo logran un juego que se siente enorme, lleno de contenido y muy fiel a las raíces de una serie de 30 años, que empecé a jugar cuando era un niño y que ahora comparto con mi hija.

Pokémon Pokopia está etiquetado como un juego de “simulación de vida”, la misma clasificación en la que está Animal Crossing o The Sims. Juegas como un Ditto, el pokémon famoso por su capacidad de transformarse en cualquier ser o cosa. En Pokopia elige transformarse en un humano que me recuerda a Forkie, el tenedor de plástico de Toy Story 4, y que corre como Naruto. Por alguna razón que no registré porque mi hija suele saltarse los textos de un videojuego, Ditto acaba en un mundo que luce muerto. Un Tangrowth, un pokémon que evoluciona de Tangela y que se parece al tío Cosa, comienza a guiarte hasta que aparecen creaturas conocidísimas como Bulbasaur, Squirtle y Charmander, de quienes aprendes ataques como látigo sepa o pistola de agua para hacer crecer hierba y dar vida al mundo que hasta hace poco estaba muerto. Pokopia podría llamarse
Pokémon: Sembrando vida.
Entonces sí, es un juego de simulación de vida porque eres una especie de iniciador de ella, la “generas”, la propicias y la mantienes. Lo que me tiene interesado, porque es tan obvio como genial, es la naturalidad con la que los pokémon y sus ataques –más bien movimientos en Pokopia– derivan en un ecosistema con más vida y más pokémon. Digamos que el juego funciona así: usas un movimiento de agua para revitalizar un árbol seco, que a su vez atraerá un pokémon que producirá algo, miel quizá, que podrás usar para atraer otros pokémon. La “simulación de vida” está en que Ditto actúa como una especie de administrador encargado de que todo funcione bien, o como lo llama el juego, asegurarte de que los pokémon tengan un buen “nivel de confort”.

Uno de mis encargos para mejorar este nivel de confort fue llevar unas velitas a la cima de una montaña hecha de cubitos (de ahí que lo relacioné con Minecraft) y hacer una especie de altar para atraer a un pokémon fantasma. Entonces pensé en por qué llevo 28 años (porque Red y Blue llegaron a América en 1998) jugando la serie y la razón por la que Pokopia me parece el mejor juego de Pokémon en años. Aquí no hay, ni por asomo, los combates estratégicos que me apasionan, sino solo los personajes adorables que conocí de niño, adolescente y adulto, y que interactúan de formas distintas con mis acciones.
Pokémon Pokopia premia la curiosidad y la constancia con resultados adorables, como un Gurdurr que construye una casa, un Bulbasaur echado en una cama de ramitas, un Drifloon que te lleva a otras islas a cambio de peluches de pokémon y quién sabe qué más, porque Pokémon Pokopia me hace sentir otra ve la curiosidad de los juegos originales, cuando no internet era cosa de científicos y podía creer todo tipo de rumores, como capturar a Mew dentro de un camión en Vermillion City o enfrentar al profesor Oak.
Jugar Pokémon Pokopia revela el significado de su nombre. No es Pokopia por copia, como asumí haciendo la analogía al español y la habilidad de Ditto para transformarse, sino por la posibilidad de construir una utopía pokémon, una como solo habíamos visto en las caricaturas y películas.