La tarde del jueves 11 de junio, minutos antes del silbatazo inicial del México vs. Sudáfrica en el arranque del Mundial 2026, una imagen de la transmisión del Estadio Azteca —hoy oficialmente Estadio Banorte— llamó mi atención: una vista cenital del remodelado estadio y su explanada extrañamente vacía, sin sus coloridos puestos ambulantes y flanqueado por una irreconocible calzada de Tlalpan sin tráfico. Sin mexicanos, pensé. Me resultó imposible no pensar en la manta que colgaron unos hinchas en Túnez hace unos años: Created by the poor, stolen by the rich. El rayo láser colonizador de la FIFA había convertido al Azteca —ayudado de un servil gobierno mexicano— en una pulcra imagen de stock, un sitio sin referencia alguna del desmadre que suele ser, y por tanto, despajóndala, nos guste o no, de su mexicanidad.
Luego vino el juego, la imagen festiva de los sombreros volando en la previa y los festejos desbordados por el triunfo de la Selección Mexicana.
No es mi intención sonar pretencioso, pero este mundial no me ha emocionado como otros. Raro, porque cuando cursaba la carrera volví loca a la profesora de Investigación y redacción documental juntándole todo tipo de notas periodísticas para, según yo, hacer una investigación de los impactos sociopolíticos del Mundial del 86. “Tienes 10, vete, no te quiero volver a ver jamás”, me dijo al cierre del semestre. Hoy, paradójicamente, sin realizar ninguna investigación me parece que los impactos están bastante claros. Los han sintetizado en las varias pintas callejeras: el mundial del despojo. Porque fueron despojados los vendedores del Azteca como también fueron despojados muchos otros comerciantes, así como las trabajadoras sexuales de Tlalpan, y, varios, muchos meses atrás, quizá cientos de familias de edificios que hoy son otro Airbnb. La lista, evidentemente, es mucho más amplia.
Pensé que quizá me contagiaría de la euforia de los festejos, pero tampoco. Luego, al día siguiente del 2-0 frente a Sudáfrica, sentí desilusión de mi gente, de esos hombres que arrancaron las mantas de personas desaparecidas, que horas antes habían colocado las madres de esas víctimas, para cubrirse de la lluvia. Desilusión de ver a mexicanos como yo orinar en la ficha de búsqueda de una persona desaparecida. Luego vi la condena, las imágenes de las madres marchando, de los jóvenes protestando contra el mundial del despojo y la desilusión se transformó en ilusión, en creer en esas mexicanas —porque las buscadoras son el nuevo punk— que mueven todo y se mueven entre todo para buscar a sus hijos. Pero este ir y venir de sentimientos me revuelve el estómago.
Luego está la supuesta bonanza económica que no llegó y que quién sabe si llegue. Soy taxista en mis ratos libres, y las tarifas han estado terribles. Si la movilidad es un indicativo del turismo de la ciudad, bueno, creo que el gobierno mexicano falló horriblemente en su apuesta: por meses trató a sus ciudadanos como basura, colocando adornos de plástico en el Metro Hidalgo para mostrar una ciudad “linda” a unos turistas que se ven a cuentagotas. He visto unos cuantos colombianos, algunos japoneses y por redes sociales a los coreanos besucones en Guadalajara. Vaya bonanza.
Pero está el fútbol. Me emocionó ver a un Marruecos tan ordenado, o al arquero de Cabo Verde dando el partido de su vida contra la todopoderosa España. Irán, tocando su himno en Estados Unidos, pese a todo, me resultó una escena conmovedora. Y Argentina, que por mi contexto hoy es otra cosa, con Messi igualando a Klose como el máximo anotador de la Copa del Mundo. Pero también están las historias del árbitro Somalí deportado por EE.UU., o la censura a los reporteros que osaron preguntar en español en la previa del Brasil vs. Marruecos. En algún posteo de redes sociales leí que la FIFA había logrado lo imposible: hallar a alguien más corrupto —y por tanto, tirano— que Joseph Blatter.
Entonces, después de casi una semana de la Copa del Mundo, siento desdén. Sigo los partidos, y especialmente el desempeño de cada equipo, porque hay un ludópata en mí, porque de otra forma, este mundial me resultaría todavía más indiferente. No pretendo que mi posición resulte exquisita por díscola, solo hablo desde el sentimiento que me genera sentir que están haciendo una fiesta en mi casa a la que no solo no fui invitado, sino en la que también pretende borrarse todo rastro de mi existencia.