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El nuevo cementerio de gadgets “sanos”

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Los cajones y cajas de zapatos donde antes morían teléfonos con pantallas rotas o baterías hinchadas hoy se están llenando de otra clase de cadáver digital: dispositivos que encienden, conectan y hasta corren apps básicas, pero que sus dueños consideran inutilizables tras una actualización de sistema o el fin del soporte oficial.

Es un verdadero “cementerio post‑garantía” lleno de gadgets que funcionan a nivel de hardware, pero que han sido empujados a la obsolescencia por decisiones de software: actualizaciones que empeoran la experiencia o, simplemente, la ausencia de parches para seguir usando apps y servicios con seguridad.

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El caso de un Pixel 4a cuya autonomía se desplomó después de una actualización de Android es un ejemplo claro de cómo un parche pensado para “mejorar” puede terminar arruinando el día a día con un dispositivo que, hasta antes de instalarlo, cumplía sin problemas.

Por qué las actualizaciones golpean más duro al hardware viejo

En teoría, las actualizaciones de software están diseñadas para mantener vivo un equipo: corrigen fallos, cierran brechas de seguridad y a veces añaden funciones que alargan su utilidad. El problema es que ese software ya no se diseña pensando en el hardware de hace cinco o seis años, sino en los procesadores, memorias y baterías de la última generación.

Con cada versión mayor del sistema operativo llegan nuevas capas de complejidad: más procesos en segundo plano, estándares de seguridad más estrictos, efectos visuales más exigentes y APIs que asumen más RAM y más potencia bruta. Para un teléfono antiguo, que nació al límite de sus especificaciones, esa carga extra se siente como si le estuvieran pidiendo correr un juego de 2026 en un notebook de 2015: funciona, pero todo se vuelve más lento, la batería dura menos y las apps se cierran con mayor frecuencia.

A esto se suma el desgaste natural de la batería: a medida que envejece, es menos capaz de entregar picos de energía, y si el sistema no gestiona bien esa limitación, el resultado son apagones repentinos o un throttling agresivo del rendimiento. Apple reconoció en 2017 que reducía el rendimiento de algunos iPhone para evitar apagados inesperados en equipos con baterías degradadas, una decisión que terminó en demandas y multas de reguladores europeos por la falta de transparencia hacia los usuarios.

¿Obsolescencia programada o simple desinterés por lo viejo?

Cuando un update vuelve más lento un teléfono —o dispara problemas de batería— es fácil pensar en “obsolescencia programada”, la idea de que las empresas diseñan sus productos para envejecer mal y forzar la compra de nuevos modelos. Hay casos donde los reguladores han concluido que ciertas actualizaciones, mal comunicadas y sin posibilidad de volver atrás, sí constituyen una forma de obsolescencia tecnológica, porque empujan a reemplazar un dispositivo que en lo físico sigue estando en buen estado.

Pero también existe una obsolescencia “pasiva”: no se paga a los equipos de desarrollo para optimizar el nuevo sistema pensando en hardware viejo, aunque técnicamente sería posible. El código se prueba y ajusta sobre los modelos recientes, con más memoria y mejores chips, mientras que las generaciones anteriores quedan en un limbo donde el sistema funciona… pero cada vez peor.

En comunidades de usuarios de Android y iOS se repite el mismo patrón: grandes updates que añaden funciones “siempre activas”, servicios en la nube y capas de seguridad, y que en teléfonos de gama media o vieja generan lag, recargas constantes y sensación de “teléfono cansado”. No es necesariamente una conspiración, pero sí una elección empresarial: invertir poco en que un equipo de cuatro o cinco años siga sintiéndose bien, en lugar de destinar esos recursos a productos nuevos.

El otro lado de la moneda: seguridad y compatibilidad

Sería tentador recomendar a todo el mundo “no actualizar nunca” para salvar a los dispositivos viejos, pero eso abre otra caja de Pandora: la seguridad. Los organismos de ciberseguridad, como el National Cyber Security Centre del Reino Unido, insisten en que mantener al día el sistema y las apps es fundamental para evitar vulnerabilidades que pueden exponer datos personales, contraseñas o incluso convertir el teléfono en parte de una botnet.

El problema es que los sistemas operativos sólo reciben parches durante un tiempo limitado; después de unos años, el fabricante los declara obsoletos y deja de emitir actualizaciones, incluso de seguridad. Estudios y herramientas de organizaciones de consumidores muestran que muchos smartphones de gama media sólo tienen garantizados entre 2 y 3 años de actualizaciones completas, y unos 4 o 5 años de parches de seguridad, mientras que algunos fabricantes de referencia prometen hasta 5 años de soporte.

Además, las propias apps dejan de ser compatibles con versiones antiguas del sistema: bancos, plataformas de streaming o servicios gubernamentales exigen mínimos de Android o iOS que terminan expulsando a dispositivos que en términos de hardware podrían seguir funcionando varios años más. El resultado es que muchos usuarios en América Latina, donde se suele exprimir un teléfono hasta el límite, quedan atrapados entre el miedo a un update que degrade el rendimiento y el riesgo real de quedarse sin seguridad ni acceso a servicios clave.

¿Son necesarios tantos años de parches… en esta forma?

La pregunta de fondo es si tiene sentido exigir 5, 6 o incluso más años de soporte en la forma en que está planteado hoy. La mayoría de los fabricantes empaca en la misma tubería las grandes versiones de sistema —pesadas, pensadas para el hardware más nuevo— y los parches de seguridad que sí son críticos para equipos antiguos.

Expertos en seguridad de dispositivos apuntan a que lo ideal sería separar claros “canales” de actualización: uno ligero, de seguridad pura y dura, que pueda llegar durante muchos años a hardware viejo sin añadir nuevas cargas, y otro de funciones y cambios de interfaz, opcional y claramente etiquetado como potencialmente más exigente. Esto permitiría que un teléfono de 2019 siguiera recibiendo parches contra vulnerabilidades críticas en 2026, sin verse obligado a cargar con animaciones, capas de IA o servicios en la nube que nunca se diseñaron pensando en su limitado procesador.

Algunos fabricantes ya extienden el soporte a cinco o más años, pero mientras no cambie el modelo de actualización, cada año extra puede convertirse en un arma de doble filo: más protección, sí, pero también más posibilidades de que una actualización pesada sea el empujón final hacia el cajón del “cementerio post‑garantía”.

El usuario en el medio: cómo decidir qué actualizar

En este contexto, la responsabilidad también pasa por la información que se entrega al usuario. Las autoridades que multaron a Apple y Samsung subrayaron que el problema no fue sólo el efecto de las actualizaciones, sino la falta de claridad sobre sus consecuencias y la inexistencia de una vía para recuperar el rendimiento original. Una notificación honesta —“esta versión puede afectar la duración de tu batería o el rendimiento en dispositivos de más de X años”— permitiría tomar decisiones más conscientes.

Mientras esa transparencia no llegue, la decisión de actualizar en un dispositivo antiguo se vuelve una especie de apuesta: seguridad y compatibilidad a cambio de un posible deterioro en el día a día. Para los usuarios de mercados como Chile, México, Colombia o Argentina, donde el recambio de smartphone es más lento y el presupuesto más ajustado, esa apuesta tiene un impacto directo en el bolsillo… y en el tamaño del cementerio de gadgets perfectamente funcionales que terminan, injustamente, en la tumba del software.

Diego Bastarrica
Diego Bastarrica es Senior Editor y Head of Content en Digital Trends en Español, donde lidera la estrategia editorial, SEO…
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Samsung ha comenzado a distribuir de forma estable One UI 9, la versión de su capa de personalización basada en Android 17, para los Galaxy A27, A37, A36 y A56. El despliegue llega después de que la compañía coreana actualizara a sus equipos insignia, entre ellos la serie Galaxy S23 y los plegables Galaxy Z Fold5 y Z Flip5, lo que confirma que la renovación de software avanza rápidamente hacia la gama media.

Por ahora, la actualización estable se encuentra disponible principalmente en Corea del Sur, el mercado doméstico de Samsung. Los primeros modelos en recibirla son el Galaxy A27 y el Galaxy A37, cuyas versiones de firmware son A276KKSU3BZIF y A376NKSU3BZI6, respectivamente. En el caso del A27, el equipo se comercializa en Corea bajo el nombre Galaxy Jump 5.

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Una nueva filtración sugiere que Samsung ampliaría su familia Galaxy Z en 2027 hasta seis equipos. Dos de ellos serían novedades llamativas: un Galaxy Z Fold 9 Pro y un Galaxy Z Slide, con pantalla deslizable. Por ahora, se trata solo de rumores sin confirmación oficial.

La información proviene del filtrador TheGalox, que publicó en la red social X. Según su versión, la gama incluiría el Galaxy Z Flip 9, el Z Fold 9, el Z Fold 9 Ultra y el Z TriFold 2. A ellos se sumarían el Fold 9 Pro y el Slide. Además, el informante asegura que habría mejoras en batería, grosor y peso en toda la línea, y que el TriFold 2 sería el primero en llegar.

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Google ha activado de forma silenciosa una función que verifica el número de teléfono asociado a un Android y lo vincula con todas las cuentas de Google que estén iniciadas en ese mismo dispositivo. La medida, bautizada como “Phone number verification” o verificación de número de teléfono, afecta tanto a las cuentas personales principales como a perfiles de trabajo, cuentas secundarias o direcciones creadas para usos puntuales.

La compañía explica que este proceso sirve para comprobar que la tarjeta SIM insertada en el teléfono corresponde realmente al número registrado, con el objetivo de mantener actualizadas funciones de comunicación y recuperación de cuenta. Sin embargo, la documentación de soporte fue modificada entre agosto y octubre de 2025 para reflejar que la verificación automática queda habilitada por defecto y que el número puede añadirse a todos los perfiles conectados al equipo.

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