Disney aceleró la promoción de su live-action de Moana con un nuevo tráiler que deja ver por primera vez, con mayor claridad, la recreación en imagen real de varios personajes y criaturas del universo original. El avance vuelve a poner en el centro a Dwayne Johnson como Maui, el semidiós cambiaformas, personaje al que ya había dado voz en la cinta animada de 2016 y que ahora interpreta físicamente, con melena larga y tatuajes característicos.
El proyecto tiene un elemento que lo diferencia de otros remakes recientes del estudio: la cercanía temporal con la película de referencia. Mientras Disney ha revisitado clásicos de hace décadas, aquí adapta una historia que debutó en 2016 y que mantuvo una vigencia extraordinaria en streaming, además de reactivar su popularidad con nuevas entregas y productos derivados. La estrategia parece apuntar a la nostalgia inmediata, pero también a capitalizar una franquicia que sigue siendo transversal para audiencias familiares.
La protagonista, Moana, será interpretada por la joven actriz Catherine Lagaʻaia. El reparto principal incluye a John Tui como el jefe Tui (padre de Moana), Frankie Adams como Sina (su madre) y Rena Owen como la abuela Tala, figura clave en el viaje de la heroína. En cuanto a los guionistas, el filme cuenta con Jared Bush y Dana Ledoux Miller, vinculados creativamente al universo original, mientras que la dirección estará a cargo de Thomas Kail, reconocido por su trabajo en Hamilton.

El tráiler, además, confirma que la película aspira a una fidelidad alta respecto del material de 2016: aparecen Pua y Heihei, los Kakamora y entidades como Te Fiti/Te Kā, lo que sugiere un despliegue importante de CGI y diseño de producción para sostener la escala fantástica de la historia. De hecho, la sinopsis oficial insiste en el mismo disparador narrativo: Moana responde al llamado del océano y navega más allá del arrecife de Motunui junto a Maui para devolver la prosperidad a su pueblo.
Disney ya fijó el estreno en cines para el 9 de julio de 2026, por lo que el tráiler funciona como una pieza clave para instalar la conversación con meses de anticipación. Con esa fecha en el calendario, la gran incógnita queda puesta en el equilibrio entre respeto por el relato original y posibles ajustes —nuevas escenas o variaciones de ritmo— para justificar la transición a imagen real sin que parezca un calco.