Durante más de un siglo, Princeton fue sinónimo de confianza académica. Su legendario código de honor, implementado en 1893 a petición de los propios estudiantes, establecía que los profesores debían abandonar el aula durante los exámenes, dejando a los alumnos solos con su integridad. Ese sistema, que fue orgullo de la universidad durante 133 años, acaba de llegar a su fin.
El pasado lunes 11 de mayo de 2026, la facultad de Princeton votó para exigir la presencia de supervisores en todos los exámenes presenciales a partir del próximo verano, revirtiendo una política que había definido la identidad académica de esta prestigiosa institución de la Ivy League. El motivo principal: la proliferación de herramientas de inteligencia artificial generativa ha hecho que las trampas sean más fáciles de cometer y, paradójicamente, más difíciles de detectar.
Michael Gordin, decano del college de Princeton, señaló en una carta que un número significativo de estudiantes y profesores había reportado la percepción de que las copias en los exámenes presenciales se habían vuelto «generalizadas». El problema se agrava porque los alumnos son reacios a denunciar a sus compañeros por miedo a represalias en redes sociales, y quienes sí lo hacen recurren al anonimato, lo que dificulta las investigaciones del comité de honor.
Bajo el nuevo esquema, los profesores estarán presentes durante las evaluaciones y deberán documentar cualquier infracción que observen, para luego reportarla al comité de honor estudiantil, que será el encargado de resolver los casos. De esta manera, la universidad busca mantener la tradición de que sean los propios alumnos quienes juzguen a sus pares, aunque ahora con una capa adicional de vigilancia.
El caso de Princeton refleja una crisis que enfrentan universidades de todo el mundo. Estudios recientes en Estados Unidos sugieren que cerca de un tercio de los estudiantes admite haber utilizado inteligencia artificial para completar tareas íntegras. Para muchos educadores, la pregunta ya no es si prohibir la IA, sino cómo redefinir la evaluación académica en un mundo donde estas herramientas son omnipresentes.