Peter Thiel ya eligió su próximo laboratorio político: el Cono Sur. Entre reuniones secretas en Buenos Aires, fotos en Santiago de Chile y movimientos empresariales discretos, el cofundador de PayPal y cerebro detrás de Palantir parece estar trazando un plan de largo aliento para probar su visión del mundo en Argentina y Chile.
El magnate que llegó a probar el “experimento libertario”
Peter Thiel es uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley: cofundador de PayPal, impulsor de la llamada “PayPal Mafia” y primer gran inversor externo de Facebook, además de presidente y cofundador de Palantir Technologies, la compañía de megadatos que trabaja con agencias de seguridad e inteligencia en Estados Unidos y otros países.
Su fortuna se mide en miles de millones de dólares, pero su poder real reside en la combinación de tres frentes: capital de riesgo, contratos tecnológicos con Estados y financiamiento político a la derecha radical en Estados Unidos, incluido Donald Trump y su vicepresidente, JD Vance.
En el plano ideológico, Thiel se define como libertario, pero sus críticos lo describen como un “tecnofascista” o “billonario peligroso” por su rechazo abierto a la democracia liberal y su defensa de modelos de Estado gestionados como corporaciones.
En ensayos y entrevistas, ha sostenido la idea de que “libertad y democracia no son compatibles”, una tesis que repiten analistas y biógrafos al explicar su fascinación por estructuras jerárquicas, monopolios tecnológicos y figuras fuertes en el poder.
Qué vino a hacer Peter Thiel a Argentina
La última visita de Thiel a Argentina no fue un simple viaje de negocios: lleva semanas en el país, con una agenda reservada que mezcla reuniones de alto nivel en la Casa Rosada, contactos con la Cancillería, encuentros con asesores clave y hasta turismo futbolero en el Superclásico River–Boca en el Monumental.
Según crónicas locales, su estadía se parece más a una instalación temporal que a una visita exprés: se habla de una agenda de hasta dos meses en Buenos Aires, con reuniones políticas, empresariales y de infraestructura estratégica.
El punto más visible fue su encuentro con el presidente Javier Milei en la Casa Rosada, donde también participó el canciller Pablo Quirno.

Fue al menos la segunda vez que se veían cara a cara: ya habían coincidido en 2024 en Los Ángeles, en un foro del Milken Institute, donde Milei pidió a empresarios que apostaran a la “nueva meca de Occidente” y Thiel empezó a seguir de cerca el experimento libertario argentino.
Además de Milei y Quirno, Thiel se reunió con Santiago Caputo, uno de los asesores más influyentes del presidente, en encuentros descritos como estratégicos y de alto hermetismo.
Medios argentinos señalan que también mantuvo contacto sostenido con la Cancillería y la Presidencia durante toda su estadía, lo que sugiere conversaciones sobre inversiones, cooperación tecnológica, acuerdos de datos y posicionamiento geopolítico.
Señales de permanencia y el negocio de los datos
Un dato que encendió todas las alarmas en Buenos Aires fue la adquisición —o alquiler de largo plazo, según distintas fuentes— de una propiedad de lujo en Barrio Parque, uno de los barrios más caros de la ciudad, valuada en torno a los 12 millones de dólares.
Para analistas locales, no es una compra inmobiliaria aislada, sino una señal de que Thiel quiere tener un pie permanente en un país que busca reposicionarse como receptor de inversiones tecnológicas y nodo geopolítico en la región.
En paralelo, crecen las especulaciones sobre el desembarco de Palantir en el ecosistema de seguridad e inteligencia del Estado argentino.
Palantir desarrolla software de análisis de datos masivos utilizado por agencias como la CIA, fuerzas armadas y gobiernos europeos, y su expansión en Sudamérica despierta preocupación por el riesgo de vigilancia masiva y cesión de soberanía digital.
La visita de Thiel coincide, además, con una reforma profunda del sistema de inteligencia argentino y con nuevas restricciones al trabajo de la prensa en la Casa Rosada, un contexto que refuerza la lectura de que su interés va más allá de la inversión financiera y se mueve en el terreno del poder estatal y la arquitectura de datos.
La escala chilena: José Piñera, Palantir y la nueva derecha tecnológica
El mapa del Cono Sur de Thiel no termina en Buenos Aires: también hizo una escala clave en Santiago de Chile.
Allí se reunió con José Piñera, el exministro que diseñó el sistema de AFP durante la dictadura de Pinochet y que sigue siendo una referencia simbólica del “milagro chileno” y del liberalismo económico extremo.
Piñera publicó una foto del encuentro en X, relatando que conversaron sobre el “milagro chileno” y las tendencias globales, y que le regaló a Thiel un sello con una frase de Thomas Jefferson: “He jurado eterna hostilidad contra toda forma de tiranía sobre la mente del hombre”.
Para El Mostrador, la escena en Santiago es la postal ideológica de dos mundos que se reconocen: el liberalismo económico de los años 80 en Chile y la nueva derecha tecnológica global que pretende ordenar sociedades a través de datos, inteligencia artificial y plataformas de seguridad.
En Chile, además, se registró la marca Palantir y se multiplicaron especulaciones sobre el interés de la empresa en contratos ligados a seguridad pública, crimen organizado y gestión de datos del Estado, en un país sacudido por filtraciones masivas de información y debates sobre ciberseguridad.
Aunque no hay anuncios oficiales, analistas y medios hablan de un posible desembarco de Palantir en áreas críticas del aparato estatal chileno, siguiendo la misma lógica que en otros países donde la compañía se mueve entre la promesa de eficiencia y la sombra de la vigilancia.
Qué busca realmente Peter Thiel en el Cono Sur

Lo que Thiel ve en Argentina y Chile parece combinar tres elementos: laboratorio político, plataforma de datos y apuesta geopolítica.
Por un lado, Argentina funciona como el “experimento libertario” más radical del mundo actual, con un presidente que comparte su desconfianza hacia el Estado y su fe en el mercado y la disrupción tecnológica, algo que el propio Thiel habría elogiado en privado, según diplomáticos y empresarios que han seguido sus movimientos.
Por otro lado, tanto Argentina como Chile ofrecen talento tecnológico, costos competitivos y sistemas estatales en crisis, un escenario ideal para vender soluciones de software de seguridad, análisis de datos y gestión algorítmica de problemas complejos como el delito, la migración o la recaudación fiscal.
Finalmente, se trata de países con gobiernos abiertos —por afinidad ideológica o necesidad financiera— a recibir capital y tecnología de una figura que no solo trae dinero, sino acceso directo a la red de poder que conecta Silicon Valley con la nueva derecha global.
En su propia narrativa, Thiel dice combatir el “estancamiento tecnológico” y la mediocridad de la política tradicional, defendiendo monopolios “creadores” y Estados gestionados con lógica empresarial.
Para sus críticos, su desembarco en el Cono Sur es algo más inquietante: el intento de extender a Sudamérica un modelo de poder donde los datos, los algoritmos y un puñado de magnates tecnológicos definen los límites de la democracia, la seguridad y la vida cotidiana.
En ese tablero, Argentina y Chile no son solo mercados emergentes: son piezas de ensayo para una idea radical que Thiel lleva décadas construyendo y que, por primera vez, mira al sur con vocación de quedarse.