A casi 3.000 kilómetros bajo nuestros pies, en la frontera donde el núcleo metálico de la Tierra se encuentra con el manto rocoso, un algoritmo acaba de encontrar algo que ningún geofísico había visto antes. No fue un satélite ni una perforación imposible: fue una inteligencia artificial entrenada para escuchar el eco de miles de terremotos y detectar, entre el ruido, las huellas de seis estructuras nunca antes documentadas.
El truco estaba en las ondas más débiles
El hallazgo pertenece a un equipo del Instituto de Geología y Geofísica de la Academia China de Ciencias, liderado por el investigador Zhi Guan, y será publicado en 2026 en la revista Journal of Geophysical Research: Solid Earth. Su método se apoyó en un fenómeno sísmico muy específico: los llamados precursores PKP, ondas débiles que llegan a los sismómetros de la superficie fracciones de segundo antes que las señales principales de un terremoto.
Estos precursores se generan cuando las ondas sísmicas se dispersan al chocar con irregularidades cercanas al límite núcleo-manto. A diferencia de la onda principal, que atraviesa tanto el núcleo externo líquido como el núcleo interno sólido, los precursores solo viajan por el núcleo líquido, por lo que llegan levemente adelantados. Detectarlos a simple vista es un trabajo lento y subjetivo: distintos especialistas pueden discrepar sobre si una señal es un precursor real o simple ruido de fondo, según reconocen los propios autores del estudio.
Un catálogo diez veces más grande que todo lo anterior junto

Para resolver ese problema de escala y consistencia, el equipo entrenó un modelo de aprendizaje profundo con más de 2 millones de formas de onda sísmica, extraídas de casi 5.000 terremotos registrados entre 1990 y 2024 en estaciones de todo el planeta. El sistema funcionó en dos pasos: primero clasificó la calidad de cada registro y después determinó cuáles contenían efectivamente un precursor PKP genuino.
El resultado fue un catálogo de 174.929 señales de alta calidad, una cifra que supera diez veces la suma de todos los estudios anteriores sobre este fenómeno. Ese salto no es solo un logro numérico: cambió por completo lo que los científicos podían ver. Los mapas previos mostraban parches aislados y aparentemente aleatorios en el fondo del manto; con un volumen de datos diez veces mayor, los investigadores notaron que muchos de esos parches en realidad se conectan, formando cinturones mucho más extensos y continuos de lo que se pensaba.
Seis zonas que nadie había visto: las estructuras B1 a B6
Además de perfeccionar el mapa de estructuras ya conocidas, el análisis reveló por primera vez seis regiones con alta probabilidad de contener estructuras de dispersión sísmica jamás registradas, bautizadas B1 a B6. Los investigadores las describen como heterogeneidades no documentadas: zonas donde las propiedades físicas o químicas del manto difieren del material circundante.
Una validación cruzada con otras fases sísmicas independientes confirmó que estas seis estructuras corresponden a lo que en geofísica se conoce como zonas de ultra baja velocidad (ULVZ, por sus siglas en inglés), parches densos ubicados exactamente en el límite entre el núcleo y el manto. Según el equipo, probablemente se trate de acumulaciones termoquímicas originadas por una combinación de restos de placas tectónicas subducidas en distintas épocas geológicas, fusión parcial localizada, e interacciones con las provincias de baja velocidad de cizalla de gran escala (LLVP), las enormes estructuras continentales que ya se conocían bajo África y el océano Pacífico.
Fósiles geológicos que el resto del planeta ya olvidó

Lo más fascinante de estas estructuras es lo que podrían conservar: evidencia de eventos ocurridos hace cientos de millones de años, como el hundimiento de placas tectónicas hacia el manto profundo mucho antes de que existiera la configuración actual de los continentes. Desde entonces, ese material habría quedado atrapado cerca del límite núcleo-manto, prácticamente sin mezclarse con el resto del planeta. Estudiar esa frontera equivale, en cierto sentido, a leer un registro geológico que la superficie terrestre ya borró hace eones.
Los propios autores señalan que este catálogo ampliado sienta las bases para investigaciones futuras más específicas sobre las seis nuevas zonas, incluyendo inversiones sísmicas conjuntas y técnicas de imagen de mayor resolución que permitan precisar qué son exactamente y cómo se formaron.
Por qué esta frontera importa tanto
El límite núcleo-manto es una de las regiones más difíciles de estudiar del planeta, pero también una de las más determinantes: ahí ocurre buena parte de la transferencia de calor entre el núcleo metálico y el manto rocoso, un proceso que influye tanto en el movimiento de las placas tectónicas en superficie como en la generación del campo magnético terrestre en las profundidades. Cuanto mejor se comprenda la estructura fina de esa frontera invisible, más se acerca la ciencia a entender la maquinaria interna que sostiene la actividad geológica que experimentamos en la superficie donde vivimos.