Nuestro veredicto de ‘Bestias Fantásticas: Los Crímenes de Grindelwald’

‘Bestias Fantásticas: Los Crímenes de Grindelwald’ no está hecha para todas las audiencias

¿Necesitas leer el libro en el que se basa una película para poder disfrutar la versión para la pantalla grande? Dependiendo de tu respuesta, valorarás de una manera u otra al último capítulo del spin-off de la franquicia de Harry Potter. A los eruditos de la compleja mitología de la saga de Harry Potter les gustará mucho The Crimes of Grindelwald (Bestias Fantásticas: Los Crímenes de Grindelwald), mientras que otros pueden encontrar algunos eventos de la película demasiado desconcertantes.

Dirigida una vez más por David Yates, el cineasta responsable de cada entrega de la franquicia desde Harry Potter y la Orden del Fénix en 2007, Los Crímenes de Grindelwald sigue a Newt Scamander (Eddie Redmayne) mientras se ve envuelto en un conflicto global entre quienes quieren que los usuarios de la magia y el resto de la sociedad convivan sin problemas y mientras otra facción creciente quiere que los primeros gobiernen sobre los segundos. Después de la audaz fuga del poderoso mago oscuro, Gellert Grindelwald ( interpretado por Johnny Depp) llega el caos, y el influyente mago y profesor de la Escuela de Hogwarts Albus Dumbledore (Jude Law) recluta a Scamander para localizar a Grindelwald y llevarlo ante la justicia.

Al igual que en el episodio anterior, Los Crímenes de Grindelwald es una película hermosa, llena de colores vibrantes, fantásticos efectos especiales y el tipo de espectáculo que hace que la acción se traslade fuera de la pantalla. Yates tiene la habilidad de encontrar el equilibrio adecuado entre los extensos elementos generados por computadora en la película y sus actores humanos, y crea una genuina sensación de sorpresa en torno a las criaturas mágicas que Scamander encuentra en su viaje.

El intrépido Redmayne parece haberse acomodado en un extraño nivel de incomodidad en su interpretación de Scamander, un personaje que prefiere la compañía de animales extraordinarios a los humanos. El mago errante se siente aún más separado del mundo que lo rodea en Los Crímenes de Grindelwald que en la película de 2016, con Redmayne apostando por los elementos más excéntricos del personaje y trasladando bien al espectador su incomodidad con la interacción humana.

Dumbledore, interpretado en esta ocasión por Jude Law, no alcanza las altas calificaciones que en las versiones anteriores del personaje interpretado por Richard Harris y Michael Gambon en la serie de Harry Potter, pero su escaso tiempo en pantalla tampoco le brinda muchas oportunidades de brillar. Law canaliza la cercanía del personaje establecida en versiones anteriores de Dumbledore (o tal vez más tarde, dado el estado de precuela de la película en la línea de tiempo de Harry Potter), y hay una alegría en su interpretación que nos recuerda a las escenas más familiares del personaje.

Depp, por otro lado, se encuentra en una excelente forma, como el Grindelwald pálido, que le permite al protagonista de Piratas del Caribe aprovechar sus extravagantes travesuras para dar una vuelta por el lado oscuro. Siempre ha estado en su mejor momento en los papeles que le permiten caminar por la línea delgada entre la inteligencia y la locura, y retratar a Grindelwald le permite atravesar esta línea a voluntad. Hay muy poco de la representación de Grindelwald que no hayamos visto antes en otros papeles de Depp, pero su personalidad encaja bien con el personaje.

Al igual que Redmayne, los integrantes del reparto del episodio anterior, Katherine Waterston, Dan Fogler, Alison Sudol y Ezra Miller parecen más cómodos en sus papeles en esta segunda aventura. En particular, Sudol profundiza más en su personaje, la bruja Queenie Goldstein, que fue una de las más destacadas en la primera película a pesar de su escaso protagonismo en pantalla. Fogler y Miller, por otro lado, se sienten un poco más descolocados, también con poco tiempo en pantalla y papeles menos interesantes para sus dos personajes.

Los Crímenes de Grindelwald está impregnada de la historia de la saga de Harry Potter, introduciendo personajes y objetos mágicos constantemente, lo que hace referencia a escenas de la trama que encontraremos en las populares obras de JK Rowling y las películas basadas en ellos. Rowling escribió los guiones de Fantastic Beasts y The Crimes of Grindelwald, y tras la excelente recepción de la película inicial, la secuela continúa el guión con una historia extremadamente densa y de gran continuidad que exige bastante conocimiento en la línea de tiempo para mantenerse al día con los eventos que se desarrollan.

Esta confianza en el conocimiento del universo de Harry Potter más allá de lo que ocurre en pantalla da lugar a algunos saltos narrativos problemáticos y giros de personajes aparentemente innecesarios, ya que la historia de Rowling parece suponer que el público llega a la película con el conocimiento de los personajes, los conceptos y las líneas familiares. A veces, Los Crímenes de Grindelwald se siente como el sexto o séptimo capítulo de una historia, no el segundo, y aunque eso no sea un problema para los fanáticos del universo de Harry Potter que pueden llenar los vacíos narrativos desde sus propios conocimientos, esas brechas pueden hacer tropezar a una audiencia más convencional, y convertirse en pozos sin fondo para cualquier persona que esté menos familiarizada con la saga.

Al igual que con muchas de las entregas intermedias de la serie de películas de Harry Potter, Los Crímenes de Grindelwald es esencialmente una historia que hace de puente ya que no hay un desenlace al final de la película. Los Crímenes de Grindelwald se siente más parecido al final de un capítulo en una novela, en lugar del final de una novela en una serie.

Habrá diferentes opiniones en la audiencia con respecto a esta película, que es deslumbrante en estética y efectos, pero se queda frustrantemente corta. Lo que le falta es capacidad para llegar al gran público y cohesión narrativa, carencias compensadas con el espectáculo que ofrece.

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